Una edad madura


Era el mes de Agosto de 1982. Agotábamos el verano en el pretil cercano a mi casa, donde, junto a la iglesia, jugaba cada tarde al balón con los vecinos. En esa placita estaba la puerta del colegio, de modo que las tardes eran una lánguida cuenta atrás, perezosa como el sol que, todavía, tardaba mucho en marcharse.

Una de esas tardes quise tener más de cuarenta años. Soñé haber acumulado madurez suficiente para poder responder al hermano de Huertas -Huertitas- con un discurso a la altura de la importancia del debate. El curso anterior había estado lleno de expectativas ante la llegada del Mundial 82. Claro, ahora esto se entiende diferente, porque ya hemos ganado un campeonato mundial. Por entonces, era la épica de lo desconocido. Llegar a América en barco de vela sigue siendo difícil pero en 1500 incluía un añadido de incertidumbre: no sabían dónde iban. Pues en el fútbol, lo mismo. Y yo deseé tener la edad que tengo para poder decirle al hermano de Huertitas algo así:

"Los balones imposibles no se detienen, estúpido. Los balones imposibles se despejan. Donde se pueda; si no, es que no eran tan imposibles. La paradoja de quienes fabrican milagros es que luego se les exigen. Pero Jesucristo no podía ir de boda en boda convirtiendo agua en vino. O no hubiese sido lo que fue". Esto, dicho bajo la puerta de la parroquia, tiene un efecto demoledor, calculo.
"Los balones imposibles llueven desde la banda con trayectorias indescifrables de relámpago, surgen veloces a dos metros de ti, aparecen de improviso donde no los esperas, para matarte. ¿Qué pretendes que haga una persona cuando entre la amenaza y su cumplimiento hay milésimas de segundo?". En aquel tiempo no sabía que Shankly dijo que el fútbol no es cuestión de vida o muerte sino mucho más que eso. Recurso al drama.
"En ese minúsculo espacio de tiempo, la perfección siempre es imperfecta, es una propina que alarga la ilusión, un aplazamiento inesperado. Al condenado, cualquier prórroga de vida le sirve. Me pregunto por qué a ti no".
Yo creo que con esta pregunta hubiera callado su bocaza de ignorante balompédico. Al menos hasta la siguiente Eurocopa, dos años después.

A veces estoy muy contento de haber llegado a una edad madura.

Detalles


Para sacar de puerta, traía el balón desde detrás de la portería recogido en su brazo derecho, como quien lleva una frágil herramienta de trabajo que va a poner a funcionar. Cuando detenía el esférico, con más o menos mérito, ya estaba dando la orden al defensa para aplicarse más en la siguiente acción del juego, señalando con el dedo ese espacio que debió ser mejor cubierto o esa falta de atención sancionable. Caía y rebotaba contra el suelo, como un cuerpo de goma, resiliencia pura, volviendo a su forma original en centésimas de segundo, bella la caída pero fugaz, con los pies de nuevo en el suelo sin que mis ojos lo hubieran percibido. Casi flotaba en el aire, esperaba el ataque contrario con mínimos saltos como si permaneciese en el vacío y la reacción preexistiera a la acción. Añadía en los penaltis su espalda en ángulo recto, manos en el regazo, dando a entender que instantes antes del disparo, él ya estaría volando hacía el lado del éxito.
Gritaba enérgico con la seguridad de quien sabe lo que hace, porque cada gol encajado era pasado e irrepetible y nunca le vi cometer el mismo error dos veces. Minutos después de recibirlos ya eran goles de otros, goles que sucederían a los demás, en otros arcos. Quedaba por tanto escrito el infortunio ajeno. Y cuando, antes de chutar el balón, golpeaba con la puntera de sus botas el césped -en ese gesto tan suyo-, era como si grabase en la tierra los hechos para pasar a un presente libre de complejos.
Bajo las medias portaba dos espinilleras como tejas de un tejado de barro incorruptible. Inalterables pero ligeras, porque cada pierna era un tótem poblado de muelles, un impulso a punto de nacer, un despegue -sin cuenta atrás- del proyectil que se llevaba todo por delante a su paso, en el camino hacia planetas de cuero cosido.
Cualquier gesto era un derroche de plasticidad, cualquier acción podía ser la más bella de siempre, aquella pelota que iba fuera pero era seguida por todo su cuerpo levitando a la altura del larguero, los brazos estirados, las piernas como una tijera cortando el aire y dejándome sin aliento, los ojos siguiendo trayectorias que eran incógnitas a punto de resolverse. Un simple e indigno disparo a puerta daba valor a todo un partido, sin importar el resultado final. Sensibilidad a flor de piel, como la que provoca un baile hermoso, sacando de la nada movimientos eternos para la retina de un chaval.Yo también tapaba la marca de mis tristes y usados guantes de tercera con esparadrapo. Yo también busqué como un tesoro esas marcas raras que llevaba, esas botas Pony, esas camisetas naranjas Rasán, Dios se viste como quiere y como quería Dios me vestía. Yo también llevé preciosas camisetas Adidas con pantalones azules brillantes de mercadillo que cambiaba en las derrotas. Yo quise ser un digno acólito, príncipe del Señor que iluminaba mis sueños de juventud. No quise imitar, quise ser. Hasta que vino el tiempo a decirme que nada es eterno salvo los recuerdos, y desde entonces ando buscando otras ilusiones por las esquinas, ilusiones que estén a la altura de aquellas. Algunas hay, y eso que, con trece años, supe poner un alto criterio de exigencia en mis deseos.

Una elección vital


Ir contracorriente es un modo de vida. Se va forjando lentamente, como el muro al que golpean las olas y del que, incluso tras dos siglos, nadie duda de su aguante eterno. Un día, a los once años, te debes defender de ataques verbales en un pretil, amigos del partidillo que señalan a tu ídolo como mal portero porque no bloca el balón, sino que lo despeja a los pies del rival. Ese día comprendes que estás en el otro lado, precisamente el menos confortable. Y a fuerza de creer, lo asumes.
Pero cumplidos mis 20, hubo una noche en que iba con el viento de cola, una noche en la que todo estaba a favor. Hoy revivo frente al ordenador las imágenes de aquella final de Copa del Rey de hace veintidós años y un día. Yo estaba allí. Mientras veo la increíble estirada de Arconada despejando un remate de Alexanco, reparo en el reflejo de mi rostro en la pantalla. Qué viejo soy. Que arrugas más extrañas parten de mis ojos algo hundidos. Narra José Angel de la Casa, qué fervor le tenía él también. Y escucho ... ¿yo? ¿Soy el mismo que se situó en la tribuna de preferencia con total convicción de victoria? Aparto mi vista del ordenador, ya todo está perdido, la última media hora de partido no sirvió de nada. Me asomo a la ventana de la cocina y miro en mi alma, pensando si tanto hemos cambiado.

Arconada estaba, para mí, en su mejor momento. Su tren inferior eran verdaderos muelles. Su carácter e influencia sobre el grupo eran tremendas y eso que el grupo era extraordinario, la última gran Real Sociedad, la que ganó la Copa el año anterior, la que había ganado las Ligas. Nunca se vio un portero en España con semejante potencia, reflejos, y actitud. Enfrente, yo percibía a Zubizarreta como una caricatura. Exitosa, eso sí.

No podíamos perder. Eramos diez veces más en el Bernabéu, una marea txuri urdin que venía de ver meterle cuatro al Madrid en semifinales. Aunque de los que estábamos allí, yo era uno de los pocos que de verdad lo vió. También estuve allí. No podíamos perder. Ellos hacían un fútbol rácano, de triste equipo que días después se decompuso en el "Motín del Hesperia". Era imposible perder.
Con esa seguridad, junto a mi amigo Alberto, tomé el tren regional (llamado "la Unidad") desde el corazón de La Mancha, dispuesto a que por fín la razón estuviese de mi parte. Que las cosas fuesen como debían ser. Por una vez. Orgulloso entregué mi billete al revisor, sin complejo de ser visto por mis paisanos con mi bandera blanquiazul, y mi gorrita con la ikurriña.
Pero nunca me ha ido bien cuando he dejado la contracorriente. Cuando al poco de comenzar la segunda parte disparó Lineker, Arconada despejó en un giro sorprendente. Tuve una décima de segundo para asombrarme y creer en lo increíble, hasta que Alexanco empujó el balón a nuestra portería. Ahí terminó todo. No ganaría nada esa noche. O casi.

Rodeado por aficionados de mi equipo, pasamos los últimos treinta minutos creyendo pero asumiendo. Unos minutos tras el gol, mi compañero de asiento, un grueso señor bigotudo, se giró y me preguntó algo en euskera. No lo entiendí así que doblemente resignado me dijo: "¿Y tú desde donde vienes?". Eran tiempos de poca globalización. Él debía pensar que de Álava como muy lejos. Y yo respondí: "De Alcázar de San Juan, provincia de Ciudad Real". Me miró como a un marciano y pronunció esa palabras que aún resuenan en mi cabeza: "Hostia, no sabía que hasta allí hubiera gente de la Real".

Así que algo gané ese día. La convicción de que hay territorios vitales irrenunciables. De que, contra viento y marea, debemos ser fieles a nosotros mismos. Esa victoria, la del reconocimiento de aquel tipo, no la podrían jamás empañar ni Lineker, ni Schuster, ni Alexanco. Vuelvo al ordenador con una sonrisa, pensando en que aunque se dice que hay "marcadores injustos", lo que de verdad importa es el resultado final. Pero el final de verdad. Y veintidós años más tarde seremos más mayores, es cierto, pero seguimos en la brecha, creyendo en lo increíble.


El transistor




Antes de jugador, fui aficionado. Mi relación con el fútbol comenzó en la sombría sala de estar de mi abuelo Secundino. Sentado a la mesa camilla, esperaba el comienzo del "Carrusel deportivo" mientras escribía en un papel los partidos del día con su caligrafía afilada. Iba anotando los resultados y al lado la evolución de quiniela. Así pasaba las tardes, echándose al pecho un "Ideales" tras otro. Así lo recuerdo yo. Puede parecer poco gratificante para un crío de 9 años, pero ese rincón de privacidad era un auténtico cofre del tesoro para mí.

Los anuncios eran cantos a la ensoñación, cortos himnos de un marketing primigenio llenos de adjetivos inapropiados - "Castellana es ... superior"-. Productos incomprensibles -boquillas Targar, Radiola alta fidelidad-, frases poéticas y alcohólicas -se bebe la vida, se bebe Alvear...-. La radio era una ventanita al extraño mundo de los adultos, que bajo el humo del tabaco negro, me parecía repleto de insatisfacciones por cubrir con voces sugerentes susurrando un Ponche Caballero.

Adoraba los nombres de los equipos de Segunda B (Endesa Andorra -que era de Teruel-, Calvo Sotelo, Díter Zafra, Pegaso, Ensidesa) entre lo épico y lo exótico. Los nombres de los árbitros con sus dos apellidos, que ni los jueces de verdad tenían esa distinción. Qué contento estaba Joaquín Prat, qué sensación de que "eso" era pasarlo bien, y había que pasarlo, y cuántas cosas sucedían, cuántos goles, cuántas expulsiones, cuánta vida dentro de la radio.
Me mandaban a jugar muchas veces, pero otras tantas volvía al calor del brasero eléctrico para ver caer el sol por la ventana mientras pegaba la oreja a ese transistor Philips, sujeto con cinta de precinto porque se deshacía de puro viejo. Yo agradezco mucho a mi abuelo aquellos ratos surrealistas.

A los diez años, los Reyes Magos se debieron extrañar mucho cuando les pedí un transistor. Mi padre me llevó a una tienda de decomisos, nombre insólito como de estraperlo o de espías soviéticos. Recuerdo que en el paseo hasta allí me estuvo explicando lo que eran decomisos, imagino que para dar más emoción a la experiencia, y yo en mi ansiedad pensando en mi regalo atrapado en una lejana aduana de Asia. Elegí una pequeña radio roja con ribetes blancos. Esa radio me acompañó mucho tiempo, me acostaba con ella escondida escuchando programas nocturnos hasta que caía rendido.

El año siguiente, cuando íbamos menos a casa del abuelo porque estaba regular de salud, descubrí el placer de escuchar el "Carrusel" a solas, comiendo pipas, y viendo el partido del equipo local, el Gimnástico de Alcázar, en el Campo de fútbol municipal. Otro extraño hábito infantil para el domingo por la tarde: alguien me dijo que los niños no pagaban en el fútbol, medida pensada en principio para menores acompañados. Pero yo iba solo, con mi radio pegada al oído. Sólo me faltaba un coñac. Una de esas tardes de placer adulto, escuché a la Real Sociedad perder aquella liga, para más tarde ganarla con estrépito y decidí hacerme txuri urdin sin saber muy bien dónde estaba en el mapa San Sebastián. Porque las hazañas de Arconada no necesitaron, en el comienzo de los tiempos, de una pantalla donde verle actuar. Quedan en mi memoria las exageradas alabanzas radiofónicas, las gestas evocadoras de aquel hombre que volaba, y que modernizando el oficio de guardameta, tuvo que sentirse tan incomprendido como yo. Así lo reflejaban algunos artículos que todavía conservo. Pero Arconada se hizo el ejemplo a seguir, aquel por el que las sirenas de la ruta hacia Ítaca cantaban la canción del Soberano al portero menos goleado de primera división "...es cosa de hombres"

El día que murió mi abuelo, pocos años después, yo ya era un poco hombre y un poco Arconada y jugaba como futbolista juvenil en ese mismo campo municipal. Y esa tarde, había partido. En la épica carruselera que con él aprendí, la de los gestos que reflejan personalidades, la de la teatral grandilocuencia de las actitudes y los nombres, yo veía natural jugar. Arconada hubiera jugado, pensaba.

Fue el único día que mis padres no me dejaron acercarme al campo solo. Me fui a dar un paseo, con mi destartalado transistor rojo cantando nuevos goles, y pensando en que al abuelo Secundino, desde donde quiera que estuviese, le haría gracia que en al menos un estadio de España, aunque nunca saliera en sus tardes de radio, se guardase un minuto de silencio por él, como me dijeron que pasó.






Rectificar es de sabios


La playa de Mil Palmeras, en el Pilar de la Horadada, es un sitio estupendo para charlar plácidamente con Eloy. Su madre se había hecho, con los años, amiga de mi suegra, y yo estaba encantado de tener un vecino de bungalow, internacional absoluto, con quien compartir recuerdos balompédicos. Confieso que era uno de los alicientes del verano.
Recuerdo que los mundiales de fútbol caían siempre en veranos cruciales. El de España 82 me tocó al terminar la EGB, y ya era un cambio enorme. En el de Méjico 86, salía del Instituto y mi vida de estudiante universitario que vive independiente estaba a punto de comenzar. Le cuento a Eloy que veía los partidos en el patio de mi casa manchega, casi al aire libre, en todo caso al fresco que ofrecen las casas solariegas hechas de arcilla y cal. Mi padre, en pantalón corto y sin camiseta, se relajaba en una tumbona. Yo me relajaba menos. Esos momentos eran como el final de una época para mí, los disfrutaba sabiendo que en Septiembre me iría a Madrid, y sería para siempre.
Mirando a nuestros hijos jugar, le recuerdo a Eloy que tras el partidazo contra Dinamarca, con los cuatro goles de Butragueño a Hoëgh (nunca olvidaré a ese portero, de suplente tenía a Schmeichel, quien ya nunca más fue suplente), las expectativas eran muy altas. Teníamos que superar a Bélgica para pasar a semifinales del Mundial por primera vez, y casi con seguridad jugar contra la Argentina de Maradona en su mejor version conocida, la de los dos goles ignominiosos a Inglaterra.

Al caer la tarde, le contaba, cogimos nuestros puestos para disfrutar de aquel choque histórico. Mi amigo Tomás se vino a casa a compartir sufrimiento. Porque eso no fue un partido. Hasta el minuto 85 no empató Señor, y llevábamos cincuenta minutos intentando remontar. Eloy me confiesa que ni ellos pensaban ya que ese gol llegaría, pero llegó. Y hubo prórroga. Y llegamos a los penalties. El fresco patio manchego era oscuridad pintada de catódica luz azul y silencios temerosos.
Yo sé que Eloy odia recordar aquel lance, porque falló él. Y sólo él. Hasta Chendo lo metió. Seguramente fue el peor momento de su carrera deportiva. Menos mal.
Menos mal que rectificar es de sabios. En mayo de 1985, tras esa derrota en Wrexham (Gales, 3-0), Miguel Muñoz decidió sacar a Arconada del equipo. Nunca lo entendí. Maceda dijo que, en el primer gol, le había pedido el balón, pero no me lo creo. Cuando Arconada pedía un balón, Arconada iba a por el balón y no se ponía delante ni Dios. Pero fue gol, y Muñoz lo quitó. Lo que ocurre es que la comparación con Zubizarreta no se sostenía por ningún lado. Poco antes de sacar la lista de selecionados para Méjico, la presión de la prensa era muy alta para volver a contar con Arconada en la portería. Y al final, sorpresa para todos menos para mí, Arconada fue a Méjico. Y, sorpresa para nadie, si él iba a Méjico, él jugaba de titular.
Menos mal. Eloy sabía que todo parecía perdido tras su fallo. Sólo quedaba el milagro. Y allí se plantó mi ídolo, con su particular versión de la soledad del portero ante el penalty, la espalda en ángulo recto con las piernas, sus pequeños saltitos sobre la raya, ahora un pie, ahora otro. Las manos en el regazo. Concentrado como nunca vi a otro guardameta. A vengar el 82, y el 84. Tiró Van der Elst a colocar, a media altura, Arconada se lanzó a su derecha y con la mano cambiada mandó el balón fuera del área. Eloy resopla aliviado veintidós años después, como queriendo alejar las olas. Calderé metió el siguiente y el Ceulemans mandó el suyo al rojo graderío de Puebla. Ya estábamos en semifinales, por fín. Abrazos y alegría, los coches pitando por las calles del pueblo, mi madre asustada que bajaba a ver qué sucede, la locura, sucede la locura.
Me acosté poco después, demasiado excitado por los acontecimientos. Me dormí pensando en que quizá no iba a ser tan malo salir de casa, comenzar la universidad, tomar las riendas de mi vida adulta. Y soñé, le digo a Eloy, que a veces nada es tan grave como parece, que los errores son humanos. Que lo importante es saber rectificar a tiempo. Para cambiar de portero o para desviar un disparo a mano cambiada, todo tiene solución, ¿verdad?.
Eloy no me responde. Al contrario, se levanta de su tumbona playera, sin decir nada. Se aleja hacia el mar moviendo la cabeza, los ojos en la arena . Se rasca el pelo, se queda allí parado mirando el horizonte de las playas de Orihuela, queriendo creer lo increíble, queriendo irse, porqué no, a dormir él también para soñar con rectificaciones, a ver si se despierta y ve que nunca pasó lo que en verdad pasó.


La no ambición


En realidad, los admiradores manchegos de Arconada hubiéramos visto con buenos ojos su fichaje por el Barça o el Madrid. Yo siempre he sido muy txuri urdin, pero desde Madrid era muy difícil estar informado (y aún así, con los años, conseguí acaparar bastante material gráfico). Cómo sería la cosa que, a fines de los 80, a Avelino, otro ciudadrealeño compañero de universidad que decía que era "batasuno" (el pobre), le robaba el "Egin" para tratar de conseguir fotos o reportajes de la Real y su portero.

Pero el caso es que Arconada nunca salió del equipo de su ciudad. Debía tener sus razones, el hombre. Motivos ignotos que yo defendía sin preguntar, aunque por dentro debo decir que su no ambición me resultaba un poco injusta, desde la perspectiva incomprensible de tantos kilómetros al sur.

Cuando acabé mi período juvenil, coincidiendo con mi desplazamiento a Madrid por los estudios, se interesó por mí el Club Atlético de Pinto. Comencé a entrenar con ellos, viajando en el tren regional ("la Unidad", le decían) desde Alcázar de San Juan, todo el verano. A las 12 de la noche tomaba el expreso de Algeciras para volver a casa. Tres horas de viaje para dos horas de entreno. Pero era mi pasión y me dejaban practicarla. Sólo quería jugar.

No recuerdo en qué momento preciso de 1986 alguien me hizo creer que yo podría llegar a ser buen futbolista y por tanto, debía tener ambición. Y creí.
Un día me encontré por el pueblo con un antiguo entrenador, que me dijo que en Pinto perdía el tiempo. Que Mauri, secretario técnico del Atlético de Madrid y a la sazón del Tomelloso en 2ªB, estaba interesado en "tenerme controlado", pero que debía fichar, a pocos días del comienzo de temporada, por el Club Deportivo Griñón. Hablé con él y era verdad; nada menos que Mauri quería "tenerme controlado" en aquel pueblo que tenía nombre de Marqués.

Y dejé Pinto para hacerme rico y famoso. Ya me veía en 2ªB. Entrené una semana, pero dos días antes de disputar el primer partido de la temporada de Preferente, el entrenador colocó a un bigotudo portero amigo suyo procedente del C.D. Tarancón, y me dejó fuera del equipo.
Mauri no se puso al teléfono cuando le llamé desde casa, con mi padre atento detrás. Y le llamé mucho.

Mi primer año después de juveniles lo pasé en blanco, rumiando cada día mi venganza contra esos miserables, lamentado mi ambición inútil. Esa experiencia me marcó mucho: después nunca he dejado de valorar la mesura en las expectativas, aunque otras muchas veces me han hecho creer cosas que nunca fueron. Hace poco tuve un jefe que me quería como a un hijo y que me iba a dar el mando de su empresa. Al año, me echó a la calle. Pero yo ya estaba avisado, ya sabía que las promesas sólo sirven para alimentar la vanidad, y que la felicidad no está ahí, sino en el reconocimiento y el cariño de quienes te aprecian. Esos que, cuando pasa la fama y se va el poder, aún siendo pocos, siguen estando presentes. Devolviéndote con creces la fidelidad que un día les juraste.

Por eso cuando Arconada se pasea por su ciudad, la de siempre, va con la cabeza bien alta. Yo lo he visto.


Maneras de sufrir

Al llegar al vestuario, acabado el partido, "Palita", nuestro organizador y estrella del equipo rompió el silencio con esas tres palabras que tanto tiempo sonaron en mi cabeza: "... es que así...".
En ese momento, traté de no ofenderme: en 1982 aprendí que en el fútbol se puede perder; en 1984 aprendí lo cruel que puede ser este deporte con el portero. Y de eso habían pasado ya más de tres años.
Los aciertos del portero refrendan los del equipo. Los errores lo hunden. Quien no lo entienda, que se haga extremo izquierda. Es el precio de asumir esa responsabilidad, de saberse depositario de 10 confianzas sobre el terreno de juego. Es bonito, pero puede ser muy duro, a veces. En el 84 yo recuerdo estar delante de la tele, llorando junto a un padre que no encontraba consuelo para mí. Nunca suelo hacer referencia a aquello, no me gusta. No tengo ni la famosa foto y detesto que en las "enciclopedias" de fútbol las referencias a Arconada se hagan casi en exclusiva a esa final.

Volvamos a 1987: lo cierto es que casi todos tenían ya ganas de verme jugar. Había fichado por ese equipo de Regional Preferente pero me estaba costando mucho ganarme el puesto, aunque afición, compañeros y directiva sabían que era un suplente de lujo. Un día, jugando contra el Santa Bárbara, en Toledo, al titular (que era de allí, por cierto) un señor mayor le llamó "hijoputa" todo el partido hasta el minuto veinticinco de la segunda parte. Sin parar. Hasta que el pobre compañero saltó la valla y le dió una mano de hostias al provecto aficionado. Nunca me gané el puesto de una forma tan rara, porque le metieron 7 partidos de sanción.
Pasé todas las vacaciones entrenando. Iba a debutar en el partido más importante de la temporada, en casa, contra el vecino pueblo de Los Yébenes, que iba primero, que podía hacer casi imposible el ascenso si perdíamos, y que había fichado a un tal García que había jugado en Primera División (muchos) años atrás.
García ya estaba gordo, pero se le veía clase de futbolista de verdad. Los que han sido buenos hasta protestan al árbitro de otro modo. Técnico, corría poco pero repartía bien el juego. Y disparaba fuerte. En eso debía yo estar pensando cuando, en la segunda parte, chutó un zambombazo desde muy lejos. Erguido, coloqué mis manos sobre mi cabeza para agarrar ese balón con elegancia. Pero me dobló los dedos, aún no sé cómo. Me tiré hacia atrás y lo saqué, pero al árbitro dio gol.
Mis compañeros salieron disparados a protestar, como locos: "¡No entró, no entró!". Yo no. Yo sabía que el desastre estaba buscándome y me había encontrado. De inmediato pensé en el 84. Asumí y desde el primer minuto supe que me pasaría asumiendo bastante tiempo. Perdimos, claro, y no subimos.

"Palita" no era ningún desgraciado por decir aquello a la entrada del vestuario, aún lo oigo mover su bigotito fino: "... es que así...". Lo que él quería decir es que estaba dolido. Y quería que yo lo supiera. Pero era un ignorante. Porque el portero que se equivoca pena doblemente, por él mismo y por los demás. Lo aprendí hace ahora 25 años, donde sufrí por no ser campeón pero tanto o más por el dolor de mi ídolo, imaginando cómo se sentiría.
Así que, "Palita", yo ya lo lamentaba por mí y por tí. Y por los compañeros que quedaron a las puertas del éxito. Y por los aficionados, aquellos que están llorando en su casa, con un padre que les coge por el hombro y trata de encontrar palabras para negar lo obvio, convencerles de que no es importante aquello que tanto lo es.