Tropezar en la derrota

Tengo mucho respeto por los porteros perdedores. Sobre todo, porque mi experiencia es enorme en ese terreno. El futbol te da, fundamentalmente, muchos disgustos. Nos pasamos las temporadas maldiciendo la mala suerte de nuestro equipo (suele ser debilidad, ojala fuésemos capaces de reconocerlo más a menudo). Y de vez en cuando, muy raramente, cae una alegría camuflada en empate a dos con tanda de penaltis, pase a octavos bajo la euforia, cerveza en el vestuario y sonrisas en las duchas.

Pero se pierde mucho mas que se gana. Aun así, jugamos y perdemos, y volvemos a jugar días después, esperando que esta vez sea la buena. Creemos tropezar en la derrota, incluso cuando se ha convertido en un hábito indeseable.

Cuando llevas seis goles encajados, y luego otro y otro, ves venir al rival hacia tu puerta y no te fallan las piernas, sino la emoción. Ya estás pensando en el próximo partido, solamente deseas cerrar este porque aquí no hay nada más que perder. Ya todo está perdido. Pero esos hijos de perra no aflojan, tienen cuatro ex jugadores de 2°B diez años más jóvenes que tú, que deberían experimentar algo similar a la piedad, pero que siguen corriendo como balas, siguen robando otro balón, siguen celebrando el noveno gol como si fuera el primero.

Pierdes la cuenta. Ni siquiera preguntas en el tristísimo vestuario por el resultado. Más tarde, en el repaso nocturno, te duele más el gol que te tragaste, ya harto de recoger balones de la red, que cualquiera de los otros nueve. Te duele incluso más que los hombros o la espalda. Es tu 1-0 particular. Y no te va a volver a pasar. Seguro que no. El próximo viernes será mejor, dicen que los de  Gunzwil no son tan buenos.

LES FLEURS DU MAL

”¡Derrama tu veneno y que él nos reconforte!
Hasta tal punto el fuego de nuestros cerebros quema,
Que queremos rodar al fondo del abismo, ¿qué importa Infierno o Cielo?,
¡al fondo de lo Ignoto para encontrar lo nuevo!”

Charles Baudelaire, “Las flores del mal”

Hoy me asomé al abismo. Y rodé hasta bien abajo.

En categoría 50+ de Suiza, jugamos al fútbol 7, en la mitad de un terreno y con porterías pequeñas. Hace casi tres años que he vuelto a reencontrarme con el fútbol y parece mentira que pueda aún sentir tanto placer en el juego. Entreno mucho, casi a diario, de modo que el disfrute pueda ser completo. Eso quiere decir jugar ganando, y sin mucho dolor. También Baudelaire decía que no puede resultar indiferente ganar o perder, a riesgo de caer en el hastío.
Al final de este camino de espinas y Voltarén, en Suiza Central muchos equipos de los cantones de Lucerna y Zug ya saben que no será facil batirme.

Animado por mi buena forma, últimamente he estado mirando con cierta envidia la portería grande, la de siete metros y pico, la del fútbol de verdad. Ese sí sería un reto, pensaba. El fútbol de posición, de desplazamientos largos. Más presencia y menos reflejos. Volar no por volar, sino porque o vuelas largo (a por todo, cada vez) o es gol. Como lo hacía a los 15, a los 20 años. Y a los primeros 30 incluso. La felicidad, entonces, era eso.

Hoy pasó. El equipo de Steinhausen me ha invitado a jugar con ellos, en una categoría “normal”, fútbol de verdad, partido de liga contra el Hochdorf. Gente mucho más joven. Más veloz. Y yo he vuelto a debutar a los 50 años. Entrada al campo tras el árbitro, en fila, saludo al público, choque de manos con el rival. La parafernalia de un auténtico partido.

Después, dos ideas. La primera: qué difícil es jugar a este deporte. Qué grande es el terreno, qué rápido hay que ser. Qué cálculo de distancias para anticiparse. Como buen portero, pienso mucho. En el primer córner me dije “qué lejos està”. Pero tuve que salir de puños. En un contraataque el balón me parecía de nuevo muy lejano. Pero tuve que salir al corte.
La segunda reflexión: qué hermoso es el fútbol. Me he sentido Arconada en Atocha. Irreal como si estuviese en una partida del videojuego FIFA. Futbolista otra vez. Sí. Hoy fui al fondo del abismo a descubrir lo nuevo (pero era lo viejo, ese veneno conocido).


HISTORIA DE MIEDO


Cuando más nervioso me pongo es antes de vestirme de futbolista. Me gusta llegar pronto, ver el campo donde juego, tocar el césped, proyectarme. En ese rato imagino lo que va a pasar. Recuerdo un partido en casa contra el Juvenil del Real Madrid. Yo tendría 15 años. Iban llegando al campo unos tipos altísimos, algunos con barba de dos días. Daban miedo. Con mi 1,72, no paraba de pensar “hoy cada córner será una fiesta”.

Hace 35 años de aquello. Hoy juego en la liga de veteranos de Suiza interior, la "Innerschweizerisch Fussballverband". Cuantos más años, menos público en el campo. Y más miedo a hacerme daño. Mientras camino por la hierba y mido las improbables distancias adonde tendré que poner el balón en los saques de puerta, pienso en lo que soy, en el precio que pago por ser el único que se viste como quiere: yo soy portero, yo no tengo derecho al error. Yo hundo a mis compañeros en una salida mal medida o en unas manos blandas. El corazón me late miedoso y responsable. Yo nunca vi a Arconada tomarse a broma ni un solo partido. Ni uno.
Ya vale. Me voy solo a la caseta para echarme linimento en los gemelos. El olor a alcanfor me relaja y ya tengo una sola palabra en mi mente: bien. Pasarlo bien. Y hacerlo bien, me corrijo. Y repito: "ya vale".

Acaba el partido, hemos perdido en goles y ha ganado una hermosa tarde de futbol. Ya de noche, tras cenar con el equipo, vuelvo en coche a casa con Michael, mi amigo y compañero, un carrilero alemán de afición tardía. Conduzco pensando en mis estúpidos temores, en que nada justifica tanta responsabilidad. A estas alturas, por favor. 
Y de pronto, en tono confidente, Michael me mira y me pregunta:

“Ramón, ¿tú puedes dormir la noche antes de los partidos?”

Honrar al fútbol

La mejor forma de amar este deporte es practicarlo, me voy diciendo al llegar al estadio del Weggiser SC. Al menos ha dejado de llover.
Me quito la ropa queriendo obviar el frío del vestuario. Me vendo el tobillo como escondiendo ese dolor crónico, sé que no sirve de nada pero tras la venda ya no está. Me visto de naranja, como Él, y calibro equivocadamente jugar sin chándal, aunque no haya público para fijarse en mis medias blancas. Cambiaré de idea en el descanso cuando mi rodilla derecha esté vibrando de frío y de dolor. Caliento pero caliento ante todo el corazón, que con mis carreritas y zig zags se va ensanchando, mientras visualizo las paradas que no haré. Las porterías me parecen ya tan pequeñas que diría que estoy usando la percepción de hace 20 años, esa que utilizo cuando me conviene. Esa medición figurada que no entenderé  cuando mi estirada no alcance su objetivo, porque las piernas han dejado de ser aquel resorte infalible.
Cuando comienza el partido ya tengo tanta convicción como agua en las botas. Los porteros aficionados de casi 50 años ya no odiamos a Guardiola por hacernos jugar con los pies. Odiamos más a Sacchi y sus defensas adelantadas, que nos obligan a larguísimos sprint para contrarrestar los contraataques de delanteros cojeantes. Yo cuando me toca jugar con los pies lo basó todo en el estilo porque no tengo ni idea de chutar un balón. Con estilo el contrario cree que sabes, al menos hasta la segunda parte, cuando se dan cuenta de que todos somos de la misma generación y por tanto, que en los ochenta los porteros no regateábamos. Jamás. Sin embargo tengo el mismo arrojo para lanzarme a los pies del delantero. Vuelo hacia él, los ojos cerrados, esperando que el balón rebote en mi cuerpo, ojalá en la rodilla que casi no duele, ojalá el tipo salte y no me golpee. Suelo dar yo primero, lo confieso. No brinco como antes pero sigo jugándome el tipo como siempre. El rival que sabe eso, te respeta más. Y ya me duelen los hombros, ya sé que las cervicales me van a fastidiar toda la semana, mientras repaso mentalmente los goles que salvé, y sobre todo los que no. 
Necesito concentrarme en el juego porque el frío me puede, me agarrota las usadas articulaciones y subraya los músculos magullados. Mis compañeros hablan alemán y no me entienden pero no les hablo a ellos: "va, va, venga, encima", significa que estoy aquí, que estamos vivos porque jugamos como cuando éramos críos, y nuestros límites físicos no tienen nada que ver con la emoción que sentimos. Jugando. Veo a mis compañeros sin resuello, pidiéndome sacar de puerta más despacio, y pienso que en realidad están honrando al deporte más hermoso que existe. El juego es un arroyo de emociones.
Cuando todo acaba, nos vamos llenos de contrastes y paradojas. Sonrisas que podrían ser muecas de dolor. Abrazos y felicitaciones tras la derrota. Miro atrás, a la portería,  tratando de retener ese gol que no debió ser. Saco el barro de los tacos mientras vuelvo a la vida real, que espera en las duchas.
Me siento para quitarme el pesado pantalón. Voy liberando mi cuerpo de protecciones y vendas, y hago inventario de daños. Nada importante, nada que no se cure con más o menos antiinflamatorios. 
Se habla mucho de épica en el fútbol profesional, pero nada es comparable con el fútbol aficionado. Soy el sufrido y orgulloso portero del Baar FC, un equipo de veteranos en Suiza. Nada menos.
Nunca fui Arconada. Pero me sigo pareciendo bastante.

Una edad madura


Era el mes de Agosto de 1982. Agotábamos el verano en el pretil cercano a mi casa, donde, junto a la iglesia, jugaba cada tarde al balón con los vecinos. En esa placita estaba la puerta del colegio, de modo que las tardes eran una lánguida cuenta atrás, perezosa como el sol que, todavía, tardaba mucho en marcharse.

Una de esas tardes quise tener más de cuarenta años. Soñé haber acumulado madurez suficiente para poder responder al hermano de Huertas -Huertitas- con un discurso a la altura de la importancia del debate. El curso anterior había estado lleno de expectativas ante la llegada del Mundial 82. Claro, ahora esto se entiende diferente, porque ya hemos ganado un campeonato mundial. Por entonces, era la épica de lo desconocido. Llegar a América en barco de vela sigue siendo difícil pero en 1500 incluía un añadido de incertidumbre: no sabían dónde iban. Pues en el fútbol, lo mismo. Y yo deseé tener la edad que tengo para poder decirle al hermano de Huertitas algo así:

"Los balones imposibles no se detienen, estúpido. Los balones imposibles se despejan. Donde se pueda; si no, es que no eran tan imposibles. La paradoja de quienes fabrican milagros es que luego se les exigen. Pero Jesucristo no podía ir de boda en boda convirtiendo agua en vino. O no hubiese sido lo que fue". Esto, dicho bajo la puerta de la parroquia, tiene un efecto demoledor, calculo.
"Los balones imposibles llueven desde la banda con trayectorias indescifrables de relámpago, surgen veloces a dos metros de ti, aparecen de improviso donde no los esperas, para matarte. ¿Qué pretendes que haga una persona cuando entre la amenaza y su cumplimiento hay milésimas de segundo?". En aquel tiempo no sabía que Shankly dijo que el fútbol no es cuestión de vida o muerte sino mucho más que eso. Recurso al drama.
"En ese minúsculo espacio de tiempo, la perfección siempre es imperfecta, es una propina que alarga la ilusión, un aplazamiento inesperado. Al condenado, cualquier prórroga de vida le sirve. Me pregunto por qué a ti no".
Yo creo que con esta pregunta hubiera callado su bocaza de ignorante balompédico. Al menos hasta la siguiente Eurocopa, dos años después.

A veces estoy muy contento de haber llegado a una edad madura.

Detalles


Para sacar de puerta, traía el balón desde detrás de la portería recogido en su brazo derecho, como quien lleva una frágil herramienta de trabajo que va a poner a funcionar. Cuando detenía el esférico, con más o menos mérito, ya estaba dando la orden al defensa para aplicarse más en la siguiente acción del juego, señalando con el dedo ese espacio que debió ser mejor cubierto o esa falta de atención sancionable. Caía y rebotaba contra el suelo, como un cuerpo de goma, resiliencia pura, volviendo a su forma original en centésimas de segundo, bella la caída pero fugaz, con los pies de nuevo en el suelo sin que mis ojos lo hubieran percibido. Casi flotaba en el aire, esperaba el ataque contrario con mínimos saltos como si permaneciese en el vacío y la reacción preexistiera a la acción. Añadía en los penaltis su espalda en ángulo recto, manos en el regazo, dando a entender que instantes antes del disparo, él ya estaría volando hacía el lado del éxito.
Gritaba enérgico con la seguridad de quien sabe lo que hace, porque cada gol encajado era pasado e irrepetible y nunca le vi cometer el mismo error dos veces. Minutos después de recibirlos ya eran goles de otros, goles que sucederían a los demás, en otros arcos. Quedaba por tanto escrito el infortunio ajeno. Y cuando, antes de chutar el balón, golpeaba con la puntera de sus botas el césped -en ese gesto tan suyo-, era como si grabase en la tierra los hechos para pasar a un presente libre de complejos.
Bajo las medias portaba dos espinilleras como tejas de un tejado de barro incorruptible. Inalterables pero ligeras, porque cada pierna era un tótem poblado de muelles, un impulso a punto de nacer, un despegue -sin cuenta atrás- del proyectil que se llevaba todo por delante a su paso, en el camino hacia planetas de cuero cosido.
Cualquier gesto era un derroche de plasticidad, cualquier acción podía ser la más bella de siempre, aquella pelota que iba fuera pero era seguida por todo su cuerpo levitando a la altura del larguero, los brazos estirados, las piernas como una tijera cortando el aire y dejándome sin aliento, los ojos siguiendo trayectorias que eran incógnitas a punto de resolverse. Un simple e indigno disparo a puerta daba valor a todo un partido, sin importar el resultado final. Sensibilidad a flor de piel, como la que provoca un baile hermoso, sacando de la nada movimientos eternos para la retina de un chaval.Yo también tapaba la marca de mis tristes y usados guantes de tercera con esparadrapo. Yo también busqué como un tesoro esas marcas raras que llevaba, esas botas Pony, esas camisetas naranjas Rasán, Dios se viste como quiere y como quería Dios me vestía. Yo también llevé preciosas camisetas Adidas con pantalones azules brillantes de mercadillo que cambiaba en las derrotas. Yo quise ser un digno acólito, príncipe del Señor que iluminaba mis sueños de juventud. No quise imitar, quise ser. Hasta que vino el tiempo a decirme que nada es eterno salvo los recuerdos, y desde entonces ando buscando otras ilusiones por las esquinas, ilusiones que estén a la altura de aquellas. Algunas hay, y eso que, con trece años, supe poner un alto criterio de exigencia en mis deseos.

Una elección vital


Ir contracorriente es un modo de vida. Se va forjando lentamente, como el muro al que golpean las olas y del que, incluso tras dos siglos, nadie duda de su aguante eterno. Un día, a los once años, te debes defender de ataques verbales en un pretil, amigos del partidillo que señalan a tu ídolo como mal portero porque no bloca el balón, sino que lo despeja a los pies del rival. Ese día comprendes que estás en el otro lado, precisamente el menos confortable. Y a fuerza de creer, lo asumes.
Pero cumplidos mis 20, hubo una noche en que iba con el viento de cola, una noche en la que todo estaba a favor. Hoy revivo frente al ordenador las imágenes de aquella final de Copa del Rey de hace veintidós años y un día. Yo estaba allí. Mientras veo la increíble estirada de Arconada despejando un remate de Alexanco, reparo en el reflejo de mi rostro en la pantalla. Qué viejo soy. Que arrugas más extrañas parten de mis ojos algo hundidos. Narra José Angel de la Casa, qué fervor le tenía él también. Y escucho ... ¿yo? ¿Soy el mismo que se situó en la tribuna de preferencia con total convicción de victoria? Aparto mi vista del ordenador, ya todo está perdido, la última media hora de partido no sirvió de nada. Me asomo a la ventana de la cocina y miro en mi alma, pensando si tanto hemos cambiado.

Arconada estaba, para mí, en su mejor momento. Su tren inferior eran verdaderos muelles. Su carácter e influencia sobre el grupo eran tremendas y eso que el grupo era extraordinario, la última gran Real Sociedad, la que ganó la Copa el año anterior, la que había ganado las Ligas. Nunca se vio un portero en España con semejante potencia, reflejos, y actitud. Enfrente, yo percibía a Zubizarreta como una caricatura. Exitosa, eso sí.

No podíamos perder. Eramos diez veces más en el Bernabéu, una marea txuri urdin que venía de ver meterle cuatro al Madrid en semifinales. Aunque de los que estábamos allí, yo era uno de los pocos que de verdad lo vió. También estuve allí. No podíamos perder. Ellos hacían un fútbol rácano, de triste equipo que días después se decompuso en el "Motín del Hesperia". Era imposible perder.
Con esa seguridad, junto a mi amigo Alberto, tomé el tren regional (llamado "la Unidad") desde el corazón de La Mancha, dispuesto a que por fín la razón estuviese de mi parte. Que las cosas fuesen como debían ser. Por una vez. Orgulloso entregué mi billete al revisor, sin complejo de ser visto por mis paisanos con mi bandera blanquiazul, y mi gorrita con la ikurriña.
Pero nunca me ha ido bien cuando he dejado la contracorriente. Cuando al poco de comenzar la segunda parte disparó Lineker, Arconada despejó en un giro sorprendente. Tuve una décima de segundo para asombrarme y creer en lo increíble, hasta que Alexanco empujó el balón a nuestra portería. Ahí terminó todo. No ganaría nada esa noche. O casi.

Rodeado por aficionados de mi equipo, pasamos los últimos treinta minutos creyendo pero asumiendo. Unos minutos tras el gol, mi compañero de asiento, un grueso señor bigotudo, se giró y me preguntó algo en euskera. No lo entiendí así que doblemente resignado me dijo: "¿Y tú desde donde vienes?". Eran tiempos de poca globalización. Él debía pensar que de Álava como muy lejos. Y yo respondí: "De Alcázar de San Juan, provincia de Ciudad Real". Me miró como a un marciano y pronunció esa palabras que aún resuenan en mi cabeza: "Hostia, no sabía que hasta allí hubiera gente de la Real".

Así que algo gané ese día. La convicción de que hay territorios vitales irrenunciables. De que, contra viento y marea, debemos ser fieles a nosotros mismos. Esa victoria, la del reconocimiento de aquel tipo, no la podrían jamás empañar ni Lineker, ni Schuster, ni Alexanco. Vuelvo al ordenador con una sonrisa, pensando en que aunque se dice que hay "marcadores injustos", lo que de verdad importa es el resultado final. Pero el final de verdad. Y veintidós años más tarde seremos más mayores, es cierto, pero seguimos en la brecha, creyendo en lo increíble.


El transistor




Antes de jugador, fui aficionado. Mi relación con el fútbol comenzó en la sombría sala de estar de mi abuelo Secundino. Sentado a la mesa camilla, esperaba el comienzo del "Carrusel deportivo" mientras escribía en un papel los partidos del día con su caligrafía afilada. Iba anotando los resultados y al lado la evolución de quiniela. Así pasaba las tardes, echándose al pecho un "Ideales" tras otro. Así lo recuerdo yo. Puede parecer poco gratificante para un crío de 9 años, pero ese rincón de privacidad era un auténtico cofre del tesoro para mí.

Los anuncios eran cantos a la ensoñación, cortos himnos de un marketing primigenio llenos de adjetivos inapropiados - "Castellana es ... superior"-. Productos incomprensibles -boquillas Targar, Radiola alta fidelidad-, frases poéticas y alcohólicas -se bebe la vida, se bebe Alvear...-. La radio era una ventanita al extraño mundo de los adultos, que bajo el humo del tabaco negro, me parecía repleto de insatisfacciones por cubrir con voces sugerentes susurrando un Ponche Caballero.

Adoraba los nombres de los equipos de Segunda B (Endesa Andorra -que era de Teruel-, Calvo Sotelo, Díter Zafra, Pegaso, Ensidesa) entre lo épico y lo exótico. Los nombres de los árbitros con sus dos apellidos, que ni los jueces de verdad tenían esa distinción. Qué contento estaba Joaquín Prat, qué sensación de que "eso" era pasarlo bien, y había que pasarlo, y cuántas cosas sucedían, cuántos goles, cuántas expulsiones, cuánta vida dentro de la radio.
Me mandaban a jugar muchas veces, pero otras tantas volvía al calor del brasero eléctrico para ver caer el sol por la ventana mientras pegaba la oreja a ese transistor Philips, sujeto con cinta de precinto porque se deshacía de puro viejo. Yo agradezco mucho a mi abuelo aquellos ratos surrealistas.

A los diez años, los Reyes Magos se debieron extrañar mucho cuando les pedí un transistor. Mi padre me llevó a una tienda de decomisos, nombre insólito como de estraperlo o de espías soviéticos. Recuerdo que en el paseo hasta allí me estuvo explicando lo que eran decomisos, imagino que para dar más emoción a la experiencia, y yo en mi ansiedad pensando en mi regalo atrapado en una lejana aduana de Asia. Elegí una pequeña radio roja con ribetes blancos. Esa radio me acompañó mucho tiempo, me acostaba con ella escondida escuchando programas nocturnos hasta que caía rendido.

El año siguiente, cuando íbamos menos a casa del abuelo porque estaba regular de salud, descubrí el placer de escuchar el "Carrusel" a solas, comiendo pipas, y viendo el partido del equipo local, el Gimnástico de Alcázar, en el Campo de fútbol municipal. Otro extraño hábito infantil para el domingo por la tarde: alguien me dijo que los niños no pagaban en el fútbol, medida pensada en principio para menores acompañados. Pero yo iba solo, con mi radio pegada al oído. Sólo me faltaba un coñac. Una de esas tardes de placer adulto, escuché a la Real Sociedad perder aquella liga, para más tarde ganarla con estrépito y decidí hacerme txuri urdin sin saber muy bien dónde estaba en el mapa San Sebastián. Porque las hazañas de Arconada no necesitaron, en el comienzo de los tiempos, de una pantalla donde verle actuar. Quedan en mi memoria las exageradas alabanzas radiofónicas, las gestas evocadoras de aquel hombre que volaba, y que modernizando el oficio de guardameta, tuvo que sentirse tan incomprendido como yo. Así lo reflejaban algunos artículos que todavía conservo. Pero Arconada se hizo el ejemplo a seguir, aquel por el que las sirenas de la ruta hacia Ítaca cantaban la canción del Soberano al portero menos goleado de primera división "...es cosa de hombres"

El día que murió mi abuelo, pocos años después, yo ya era un poco hombre y un poco Arconada y jugaba como futbolista juvenil en ese mismo campo municipal. Y esa tarde, había partido. En la épica carruselera que con él aprendí, la de los gestos que reflejan personalidades, la de la teatral grandilocuencia de las actitudes y los nombres, yo veía natural jugar. Arconada hubiera jugado, pensaba.

Fue el único día que mis padres no me dejaron acercarme al campo solo. Me fui a dar un paseo, con mi destartalado transistor rojo cantando nuevos goles, y pensando en que al abuelo Secundino, desde donde quiera que estuviese, le haría gracia que en al menos un estadio de España, aunque nunca saliera en sus tardes de radio, se guardase un minuto de silencio por él, como me dijeron que pasó.






Rectificar es de sabios


La playa de Mil Palmeras, en el Pilar de la Horadada, es un sitio estupendo para charlar plácidamente con Eloy. Su madre se había hecho, con los años, amiga de mi suegra, y yo estaba encantado de tener un vecino de bungalow, internacional absoluto, con quien compartir recuerdos balompédicos. Confieso que era uno de los alicientes del verano.
Recuerdo que los mundiales de fútbol caían siempre en veranos cruciales. El de España 82 me tocó al terminar la EGB, y ya era un cambio enorme. En el de Méjico 86, salía del Instituto y mi vida de estudiante universitario que vive independiente estaba a punto de comenzar. Le cuento a Eloy que veía los partidos en el patio de mi casa manchega, casi al aire libre, en todo caso al fresco que ofrecen las casas solariegas hechas de arcilla y cal. Mi padre, en pantalón corto y sin camiseta, se relajaba en una tumbona. Yo me relajaba menos. Esos momentos eran como el final de una época para mí, los disfrutaba sabiendo que en Septiembre me iría a Madrid, y sería para siempre.
Mirando a nuestros hijos jugar, le recuerdo a Eloy que tras el partidazo contra Dinamarca, con los cuatro goles de Butragueño a Hoëgh (nunca olvidaré a ese portero, de suplente tenía a Schmeichel, quien ya nunca más fue suplente), las expectativas eran muy altas. Teníamos que superar a Bélgica para pasar a semifinales del Mundial por primera vez, y casi con seguridad jugar contra la Argentina de Maradona en su mejor version conocida, la de los dos goles ignominiosos a Inglaterra.

Al caer la tarde, le contaba, cogimos nuestros puestos para disfrutar de aquel choque histórico. Mi amigo Tomás se vino a casa a compartir sufrimiento. Porque eso no fue un partido. Hasta el minuto 85 no empató Señor, y llevábamos cincuenta minutos intentando remontar. Eloy me confiesa que ni ellos pensaban ya que ese gol llegaría, pero llegó. Y hubo prórroga. Y llegamos a los penalties. El fresco patio manchego era oscuridad pintada de catódica luz azul y silencios temerosos.
Yo sé que Eloy odia recordar aquel lance, porque falló él. Y sólo él. Hasta Chendo lo metió. Seguramente fue el peor momento de su carrera deportiva. Menos mal.
Menos mal que rectificar es de sabios. En mayo de 1985, tras esa derrota en Wrexham (Gales, 3-0), Miguel Muñoz decidió sacar a Arconada del equipo. Nunca lo entendí. Maceda dijo que, en el primer gol, le había pedido el balón, pero no me lo creo. Cuando Arconada pedía un balón, Arconada iba a por el balón y no se ponía delante ni Dios. Pero fue gol, y Muñoz lo quitó. Lo que ocurre es que la comparación con Zubizarreta no se sostenía por ningún lado. Poco antes de sacar la lista de selecionados para Méjico, la presión de la prensa era muy alta para volver a contar con Arconada en la portería. Y al final, sorpresa para todos menos para mí, Arconada fue a Méjico. Y, sorpresa para nadie, si él iba a Méjico, él jugaba de titular.
Menos mal. Eloy sabía que todo parecía perdido tras su fallo. Sólo quedaba el milagro. Y allí se plantó mi ídolo, con su particular versión de la soledad del portero ante el penalty, la espalda en ángulo recto con las piernas, sus pequeños saltitos sobre la raya, ahora un pie, ahora otro. Las manos en el regazo. Concentrado como nunca vi a otro guardameta. A vengar el 82, y el 84. Tiró Van der Elst a colocar, a media altura, Arconada se lanzó a su derecha y con la mano cambiada mandó el balón fuera del área. Eloy resopla aliviado veintidós años después, como queriendo alejar las olas. Calderé metió el siguiente y el Ceulemans mandó el suyo al rojo graderío de Puebla. Ya estábamos en semifinales, por fín. Abrazos y alegría, los coches pitando por las calles del pueblo, mi madre asustada que bajaba a ver qué sucede, la locura, sucede la locura.
Me acosté poco después, demasiado excitado por los acontecimientos. Me dormí pensando en que quizá no iba a ser tan malo salir de casa, comenzar la universidad, tomar las riendas de mi vida adulta. Y soñé, le digo a Eloy, que a veces nada es tan grave como parece, que los errores son humanos. Que lo importante es saber rectificar a tiempo. Para cambiar de portero o para desviar un disparo a mano cambiada, todo tiene solución, ¿verdad?.
Eloy no me responde. Al contrario, se levanta de su tumbona playera, sin decir nada. Se aleja hacia el mar moviendo la cabeza, los ojos en la arena . Se rasca el pelo, se queda allí parado mirando el horizonte de las playas de Orihuela, queriendo creer lo increíble, queriendo irse, porqué no, a dormir él también para soñar con rectificaciones, a ver si se despierta y ve que nunca pasó lo que en verdad pasó.


La no ambición


En realidad, los admiradores manchegos de Arconada hubiéramos visto con buenos ojos su fichaje por el Barça o el Madrid. Yo siempre he sido muy txuri urdin, pero desde Madrid era muy difícil estar informado (y aún así, con los años, conseguí acaparar bastante material gráfico). Cómo sería la cosa que, a fines de los 80, a Avelino, otro ciudadrealeño compañero de universidad que decía que era "batasuno" (el pobre), le robaba el "Egin" para tratar de conseguir fotos o reportajes de la Real y su portero.

Pero el caso es que Arconada nunca salió del equipo de su ciudad. Debía tener sus razones, el hombre. Motivos ignotos que yo defendía sin preguntar, aunque por dentro debo decir que su no ambición me resultaba un poco injusta, desde la perspectiva incomprensible de tantos kilómetros al sur.

Cuando acabé mi período juvenil, coincidiendo con mi desplazamiento a Madrid por los estudios, se interesó por mí el Club Atlético de Pinto. Comencé a entrenar con ellos, viajando en el tren regional ("la Unidad", le decían) desde Alcázar de San Juan, todo el verano. A las 12 de la noche tomaba el expreso de Algeciras para volver a casa. Tres horas de viaje para dos horas de entreno. Pero era mi pasión y me dejaban practicarla. Sólo quería jugar.

No recuerdo en qué momento preciso de 1986 alguien me hizo creer que yo podría llegar a ser buen futbolista y por tanto, debía tener ambición. Y creí.
Un día me encontré por el pueblo con un antiguo entrenador, que me dijo que en Pinto perdía el tiempo. Que Mauri, secretario técnico del Atlético de Madrid y a la sazón del Tomelloso en 2ªB, estaba interesado en "tenerme controlado", pero que debía fichar, a pocos días del comienzo de temporada, por el Club Deportivo Griñón. Hablé con él y era verdad; nada menos que Mauri quería "tenerme controlado" en aquel pueblo que tenía nombre de Marqués.

Y dejé Pinto para hacerme rico y famoso. Ya me veía en 2ªB. Entrené una semana, pero dos días antes de disputar el primer partido de la temporada de Preferente, el entrenador colocó a un bigotudo portero amigo suyo procedente del C.D. Tarancón, y me dejó fuera del equipo.
Mauri no se puso al teléfono cuando le llamé desde casa, con mi padre atento detrás. Y le llamé mucho.

Mi primer año después de juveniles lo pasé en blanco, rumiando cada día mi venganza contra esos miserables, lamentado mi ambición inútil. Esa experiencia me marcó mucho: después nunca he dejado de valorar la mesura en las expectativas, aunque otras muchas veces me han hecho creer cosas que nunca fueron. Hace poco tuve un jefe que me quería como a un hijo y que me iba a dar el mando de su empresa. Al año, me echó a la calle. Pero yo ya estaba avisado, ya sabía que las promesas sólo sirven para alimentar la vanidad, y que la felicidad no está ahí, sino en el reconocimiento y el cariño de quienes te aprecian. Esos que, cuando pasa la fama y se va el poder, aún siendo pocos, siguen estando presentes. Devolviéndote con creces la fidelidad que un día les juraste.

Por eso cuando Arconada se pasea por su ciudad, la de siempre, va con la cabeza bien alta. Yo lo he visto.


Maneras de sufrir

Al llegar al vestuario, acabado el partido, "Palita", nuestro organizador y estrella del equipo rompió el silencio con esas tres palabras que tanto tiempo sonaron en mi cabeza: "... es que así...".
En ese momento, traté de no ofenderme: en 1982 aprendí que en el fútbol se puede perder; en 1984 aprendí lo cruel que puede ser este deporte con el portero. Y de eso habían pasado ya más de tres años.
Los aciertos del portero refrendan los del equipo. Los errores lo hunden. Quien no lo entienda, que se haga extremo izquierda. Es el precio de asumir esa responsabilidad, de saberse depositario de 10 confianzas sobre el terreno de juego. Es bonito, pero puede ser muy duro, a veces. En el 84 yo recuerdo estar delante de la tele, llorando junto a un padre que no encontraba consuelo para mí. Nunca suelo hacer referencia a aquello, no me gusta. No tengo ni la famosa foto y detesto que en las "enciclopedias" de fútbol las referencias a Arconada se hagan casi en exclusiva a esa final.

Volvamos a 1987: lo cierto es que casi todos tenían ya ganas de verme jugar. Había fichado por ese equipo de Regional Preferente pero me estaba costando mucho ganarme el puesto, aunque afición, compañeros y directiva sabían que era un suplente de lujo. Un día, jugando contra el Santa Bárbara, en Toledo, al titular (que era de allí, por cierto) un señor mayor le llamó "hijoputa" todo el partido hasta el minuto veinticinco de la segunda parte. Sin parar. Hasta que el pobre compañero saltó la valla y le dió una mano de hostias al provecto aficionado. Nunca me gané el puesto de una forma tan rara, porque le metieron 7 partidos de sanción.
Pasé todas las vacaciones entrenando. Iba a debutar en el partido más importante de la temporada, en casa, contra el vecino pueblo de Los Yébenes, que iba primero, que podía hacer casi imposible el ascenso si perdíamos, y que había fichado a un tal García que había jugado en Primera División (muchos) años atrás.
García ya estaba gordo, pero se le veía clase de futbolista de verdad. Los que han sido buenos hasta protestan al árbitro de otro modo. Técnico, corría poco pero repartía bien el juego. Y disparaba fuerte. En eso debía yo estar pensando cuando, en la segunda parte, chutó un zambombazo desde muy lejos. Erguido, coloqué mis manos sobre mi cabeza para agarrar ese balón con elegancia. Pero me dobló los dedos, aún no sé cómo. Me tiré hacia atrás y lo saqué, pero al árbitro dio gol.
Mis compañeros salieron disparados a protestar, como locos: "¡No entró, no entró!". Yo no. Yo sabía que el desastre estaba buscándome y me había encontrado. De inmediato pensé en el 84. Asumí y desde el primer minuto supe que me pasaría asumiendo bastante tiempo. Perdimos, claro, y no subimos.

"Palita" no era ningún desgraciado por decir aquello a la entrada del vestuario, aún lo oigo mover su bigotito fino: "... es que así...". Lo que él quería decir es que estaba dolido. Y quería que yo lo supiera. Pero era un ignorante. Porque el portero que se equivoca pena doblemente, por él mismo y por los demás. Lo aprendí hace ahora 25 años, donde sufrí por no ser campeón pero tanto o más por el dolor de mi ídolo, imaginando cómo se sentiría.
Así que, "Palita", yo ya lo lamentaba por mí y por tí. Y por los compañeros que quedaron a las puertas del éxito. Y por los aficionados, aquellos que están llorando en su casa, con un padre que les coge por el hombro y trata de encontrar palabras para negar lo obvio, convencerles de que no es importante aquello que tanto lo es.

El Tigre -del Igueldo-


Algunos años después te encontré por la calle. Estabas en plena paranoia, como nunca te había visto. Apenas te entendía. Me quedé muy sorprendido cuando dijiste que veías en mí a un tigre, y que todavía hoy, en tus sueños desgobernados, aparecía el tigre escondido en las esquinas.

Entrenábamos en ese campo de tierra que desgarraba la piel de mis muslos en las paradas. Cada noche llegaba a mi casa con una nueva marca, el precio en escozor de mi lucha para ser como Arconada, para volar como él, aunque en La Mancha, el césped lo habíamos visto solo por televisión. Recuerdo el primer día que te ví, impresionada y frágil, tras la portería. En realidad, recuerdo haberte visto muchos días. Me gustaba de ti el final de tu sonrisa de labios finos. El pelo corto, la piel blanca. La mirada cínica y los gestos que rellenaban tus pensamientos, dándoles expresión.

Yo me esforzaba cada noche bajo los palos para seguir cautivándote. Herida tras herida, sangrando cada noche. Y de vuelta a casa, tú jugabas al ni contigo ni sin ti. Tanto, que ya ni me acuerdo si llegué a besarte. Solo me han quedado en la memoria los largos paseos, y las charlas profundas a la luz de las farolas de invierno. Yo quería ser Arconada y ganarme tu amor. Tú querías otra cosa que yo no admitía: la fiera en que me transformaba los martes y jueves por la noche -por tí y por mi ídolo-, pero no al chico sensible que quería regalarte cariño.

Ahora que lo pienso, creo que no, que jamás besé esa boca. Tampoco pasé de la Tercera División. Con quince años se suele confundir la dimensión de los retos. La vida después suele dar mucho más. Personalmente, tanta entrega en los entrenamientos me ganó una fama de loco entre los compañeros del equipo. Siempre se dijo que los buenos porteros lo son, así que asumía aquello como un honor. Tardé muchos años en darme cuenta, pero al final, en el desgarro más doloroso de todos, me di cuenta de que el loco no era yo.

LA ULTIMA VEZ, LA SEGUNDA


La última vez, la segunda, que me encontré con Arconada estábamos esperando un vuelo para Madrid en el aeropuerto de Hondarribia. Cuando me mudé a vivir a Donosti, pensaba que sería algo habitual en una ciudad pequeña. Ví a mucha gente conocida. A algunos antiguos ídolos de la Real Sociedad, incluso varias veces. Pero a él, jamás. Cuando perdí la esperanza, dejé el barrio de Antiguo donde pensaba que él vivía -por una postal de Karhu, una marca de chubasqueros para la que él hacía publicidad, creí localizar hasta su edificio- y me fui a Lasarte, a algunos kilómetros de allí. Después de ese cambió, apareció en mi trabajo. Eso ya lo conté en otro capítulo, fue la primera vez. La otra.

Yo ya no trabajaba en San Sebastián. Seguía lejos de casa, en Oviedo, en otra empresa mejor pero igual de desencantado con mi vida. Cada fin de semana iba a ver a mi familia, pero cinco días seguidos los pasaba fuera, durmiendo sin un abrazo de despedida, sin una mirada de apoyo o de reconocimiento o de comprensión o de ira, daba igual. Sin hijos que educar y sin amor para engendrarlos. Llevaba de esta guisa más de tres años, y eso se había convertido en mi obsesión. Sólo pensaba en cambiar. Sólo hablaba de mi esfuerzo por un proyecto profesional nuevo y apasionante, pero junto a los míos. Planear mi vida, la que debía ser, se había convertido en un escenario mental sobre el que se desarrollaba todo lo demás: mis comidas, mis relaciones con los compañeros, mis despertares. Todo.

Me había traído hasta ese aeropuerto la revisión de los trabajos para la apertura de un centro comercial: la noche había sido más larga de lo previsto y a mí aún me quedaba un viaje a Madrid donde trasbordar a Asturias. Era ese tipo de situaciones donde prefieres no pensar, no mirar y no oir. Tan sólo ver pasar los minutos, tomar ese vuelo, salir, tomar el otro, llegar adónde nadie me esperaba y continuar mi camino hasta el siguiente viernes.

El aeropuerto de Hondarribia era muy pequeño. No había sala de espera, de modo que los viajeros aguardábamos sentados en unas de esas sillas como de hospital, que van pegadas de cuatro en cuatro. Había ocho sillas a un lado del pasillo y otras ocho enfrente. Sonó el altavoz y anunció el retraso del vuelo a Madrid. Más problemas, pensé. Levanté mi cabeza para ver rostros de solidaridad entre los demás pasajeros y el rostro que encontré era el de Arconada.

Su expresión de disgusto por la noticia del retraso era lo que esperaba encontrar, pero no en esas facciones que conocía tan de memoria. Me miró haciendo un gesto de enfado ante la adversidad, exactamente lo que la circunstancia requería. Asentí con una mueca. Evidentemente no me conoció, hacía ya casi dos años desde nuestra breve conversación. Bajó su mirada y miró al suelo, cruzando las manos. Esas manos.
Tuve tiempo de observarlo bien. Miraba esas manos enormes que tantos balones increíbles habían despejado y ahora servían para crisparse al esperar un avión más de lo debido. Su traje azul marino, su camisa azul celeste con corbata, que mantenían la discreción, pero ahora en otros hábitos que no eran los que amé. Recuerdo sus zapatos, unos mocasines estilo castellano que ocultaban los finos calcetines negros tipo ejecutivo, y pensé cómo esos empeines golpeaban la pelota con furia, en otros tiempos. Tenía la misma sonrisa de buena persona, la misma mandíbula que quise para mí, la misma mirada firme llena de carácter. Pero era otro hombre viviendo otra vida con muy diferentes emociones.

Durante más de media hora dudé en presentarme ante él. Dadas las circunstancias, era muy probable que no encontrase más a esa persona que inspiró parte de mi infancia y toda mi juventud. Estábamos casi solos, sin nada que hacer y con tiempo por delante. Si se tratase de cualquier otro desconocido, seguramente hubiera entablado conversación, es lo que se suele hacer. Por segunda vez, hubiese querido decirle todo lo que rumié durante años, o al menos pedirle que me dijera dónde hacerle llegar mi álbum de recuerdos, que seguro apreciaría.

Pasaron lentamente los minutos, dejándome llevar por esos pensamientos. Y terminé por descubrir que ni ese tipo era ya Arconada, ni yo mismo me reconocía en el reflejo del cristal del autobús que, anónimamente, nos llevaba hasta un avión con destino a ninguna parte.

Antes de los psicólogos

Antes, mucho antes de que en los equipos de fútbol hubiera psicólogos, las personas se buscaban las castañas del management allí donde podían. En la prehistoria de la Inteligencia Emocional, los entrenadores se esforzaban en trabajar el ánimo de sus jugadores como podían. Algunos eran muy buenos, otros lo serían con el tiempo, y por fin, los demás, aplicaban una muy particular versión del sentido común.

Paradojas de la vida, veinte años después, mi trabajo consiste en enseñar a jóvenes universitarios esos principios de motivación en las organizaciones y grupos. Para ello, no he olvidado a mis modelos, como debe ser. El fútbol era y es una escuela de vida extraordinaria y yo tuve la suerte de estar matriculado.

Una de los entrenadores que más confiaba en mi era Matías. Él me puso de titular en juveniles cuando partía como tercer portero. Él me llamó al primer equipo cuando nadie lo esperaba. Matías quería contar conmigo. Pero intuía que apreciaba más a la persona que al guardameta: su trato era el de esas personas que te ven diferente a los otros, que te ponen de ejemplo en aspectos de actitud -es decir, delante de todos decía "mirad cómo se deja la piel en los entrenamientos", o "siempre puntual, como debe ser", o "a ver si te haces amigo de mi hija"-, pero jamás dijo "qué seguridad en los córner tenemos contigo". En fin, tampoco me iba a poner exquisito, bastante tenía con jugar.

Una tarde, después de un partido, nos mandó callar: Matías nos comunicó, todo ceremonioso, que acababa de ser nombrado seleccionador de juveniles de la provincia de Ciudad Real. Ahí es nada. Se hizo el silencio en el vestuario. Me imaginé lo que debió sentir Arconada cuando Kubala le llamó a la Selección por primera vez , y en ese trance, el míster anunció: "Monty, Leal, May y Ramón, venís a Tomelloso para el primer partido".
No lo podía creer: yo, seleccionado. Matías me estaba haciendo "internacional". Definitivamente, este hombre contaba conmigo, ya no había dudas. ¿Cómo podía haber sido tan ingrato al desconfiar de él? ¿Por qué andamos rebuscando en los detalles cuando al final, en el acto supremo, las cosas vuelven a su cauce?
Estuve soñando, en una especie de limbo de autorreproches, durante cinco segundos. El tiempo que tardó el flamante seleccionador en dirigirse a mí delante de todos y puntualizar: "A tí te llevo porque no hay otro portero, conste".

Miraritsu ikurriña


Manolo iba cada día a la viña para trabajarla. Tenía unos cincuenta años, una Mobylette "Gran turismo" con unas alforjas negras en el asiento trasero, y la cara del que lleva muchos inviernos podando sarmientos. Cuando volvía al pueblo, Manolo se vestía con un austero chándal en polyester azul marino, cogía la moto y se iba al campo de fútbol. Allí todos le conocían como Wilson y lo cierto es que todavía no sé si era un apodo o no. Lo cual, pensándolo bien, dice mucho del personaje.
Wilson era el entrenador del equipo de chavales de catorce años del pueblo, los "prejuveniles".

A su manera, era una persona muy rigurosa. Hombre de pocas bromas, su caracter adusto ponía los límites justos a lo que se supone en un grupo de críos de esa edad. Tenía esa musical forma de vocear que sólo los campesinos manchegos dominan: de una larga frase, sólo se entiende la primara palabra (por lo general, "chico") y la última (por lo general, "hostia"). Lo demás quedaba a la imaginación del interpelado, aunque uno ya sabía que más valía dejarse de tonterías.

Fue el primer entrenador serio que tuve y el primero que confió en mí. Creo que nos teníamos un mutuo respeto: él me voceaba poco, lo justo, y yo a cambio me dejaba la piel (del culo, mayoritariamente) en los entrenamientos. Un pacto de caballeros entre un agricultor dialéctico y un metafísico estudiante de 2º de BUP.

Un día, el pequeño Arconada de La Mancha tuvo la ocurrencia de llevar la ikurriña en su camiseta, como su ídolo. Pero ni era capitán para llevar un brazalete, ni mi camiseta amarilla se prestaba a mucha fantasía; tanto era así, que en el escudo ponía "GINNASTICO DE ALCAZAR", un hecho que dejaba bien claro que el fondo primaba sobre las formas en aquel equipo, por si acaso el míster no lo evidenciaba cada día. Así que frivolidades las justas bajo el sol mesetario y sobre sus campos de dura tierra.

Pero la ikurriña era un símbolo taumatúrgico, o al menos yo así lo creía. Sobre todo, porque yo era vasco. Sí señor, el más vasco de mi colegio y creo que de todo el pueblo. Nacido en Galdácano, pueblo que vió jugar a Villar en sus comienzos, yo en aquel tiempo podía presumir de ser susceptible de fichar por la Real Sociedad (cuando en la Real sólo había vascos, claro). Poco importaba que mi nacimiento allí fuese producto de la casualidad de un destino como maestro de mi padre -nimio detalle-. Yo era vasco y si la ikurriña obraba milagros, allí el único habilitado para llevarla era yo.

Así que dibujé a rotulador Carioca, sobre un papel, la sagrada bandera de la cruz de San Andrés, y la pegué a una de esas chapitas redondas que se ponen con imperdible. Al momento de salir al terreno de juego en un partido contra los "Seminaristas trinitarios", me la coloqué al otro lado del escudo de vergonzosa ortografía.

Al advertirlo, Manolo Wilson, quien casi nunca me voceaba, dejó escapar un gorjeo que se escuchó hasta en el cerro de los molinos y que debió parecerse a esto: "chiiiiiico.... andayayquitateesodeahimuchaaachocagonla... hooostia".

Quise haberle respondido en euskera para empatar a desentendimientos, pero entre que no me atrevía y que nunca lo aprendí, me quité obediente la chapita y de este famoso incidente nunca se volvió a hablar.


Todo lo que no me callé


Ser admirador de Arconada suponía llevar el peso del orgullo a tus espaldas. Digamos por ejemplo que ser admirador de Iker Casillas o de Rafa Nadal es más fácil (todo es más fácil hoy). Se trataba de alguien consecuente: las cosas eran como eran y no se callaba. Cometía errores, como todos, pero cuando muy serio explicaba que eran lances del juego, era como cuando rechazaba las ofertas para salir de Donostia, y había una sola opción: callarse y escuchar. Era un ídolo muy coherente, de una pieza. Esto facilita la vida al admirador, la verdad. Y da pistas.
Yo crecí con la certeza de que en la vida había que tener las mínimas estridencias, y en todo caso, de puertas para adentro. Pero que las cosas se llaman por su nombre, y hasta el final.
También, en la infancia, aprendí gracias a él que eso no es gratis, y que suele tener consecuencias, porque decir lo que uno cree pasa factura. A eso me refiero con el valor añadido de ser seguidor de Arconada: antes de la mayoría de edad había una serie de lecciones éticas que ya había entendido. Creía entender que él ya había dicho a las personas de la Federación española lo que pensaba (de las primas, de la Martona...). Y al seleccionador Muñoz. Y a más gente. Pero yo era pequeño para comprenderlo todo y además las informaciones que llegaban a Madrid estaban llenas de sobreentendidos.
En 1987, matándome a entrenar, yo alternaba titularidad y suplencia en el Mora C.F., equipo de un pueblo de Toledo que produce mucha aceituna en el invierno, tanta que los domingos de diciembre no venía nadie al campo. Poco después, en el mes de abril, ya era matemático: no subiríamos a Tercera, a pesar del excelente equipo que conformábamos, con tipos como Gorka, Cachito, Sanz, Palafox, que de verdad, eran muy buenos. Lo malo es que cobrábamos acorde a la calidad. Y la directiva decidió ahorrarse los sueldos hasta fin de la campaña. Así que cuando llegué al campo, Paquito, el entrenador más canijo que he tenido, me dijo que ninguno de esos iba a jugar. Que por mi no había problema: cobraría lo que se me debía, pero como ya daba igual, al Presidente le hacía ilusión que su sobrino, el del juvenil, jugase de portero. Yo me iba al banquillo.
Ya estábamos en una situación donde llamar a las cosas por su nombre. Con diecinueve años, la primera de verdad. Pensé en Arconada: si seguía mis principios, me quedaba sin cobrar doscientas mil pesetas (de entonces). Si me iba al banquillo a ver el partido asumía la deshonra a cambio de un dinero ganado con tremendo esfuerzo.
A Paquito lo mandé a la mierda en el túnel de vestuarios. Y eso que lo conocía de tiempo. Y al Presidente, un empresario marmolista de la zona -hacía lápidas-, le dije lo que opinaba de sus fúnebres métodos (sería la costumbre). Me costó mucho. No era ni soy tan valiente como para no importarme plantarme ante un señor que me triplicaba la edad y decir aquello. Pero era lo que había que hacer.
Mi padre estaba en la grada, ajeno a todo esto. Le busqué, montamos en el Supermirafiori blanco y mientras volvíamos a casa, silenció mis sollozos confirmándome que es verdad: que llevar la frente alta cuesta mucho, pero no tiene precio.


Episodios aristotélicos




Después de muchos años sin vernos, mi gran amigo llegó desde Alemania para pasar unos días juntos. Tres días que servirían para recordar lo viejo y para compartir un poquito de nuestro lejano presente.

Al día siguiente, partido. Yo quería hacerlo bien, era la primera vez que mi amigo venía a verme jugar (pienso, ahora, que el público no sabe las motivaciones que en el campo nos llevan a hacerlo mejor o peor). Cuando saltamos al campo, lo ví sentado... absorto en su lectura. Se pasó todo el partido leyendo. Incluso en el momento álgido del encuentro: penalty en contra. Yo me dije "ahora mirará" y confiado en ello me concentré para detenerlo. Con éxito: estirada al palo de mi derecha (mi lado bueno) y gran parada. Pues ni por esas. Ni se inmutó el amigo, al que miré de reojo mientras me abrazaban mis compañeros, viéndole enfrascado en aquel libro misterioso.

Una de las cosas que más admiraba en Arconada era la capacidad de mantener la serenidad incluso en los momentos de más tensión. Nunca una declaración extemporánea a la prensa. En todo momento con la calma a cuestas, sin salidas de tono. Tampoco en el terreno de juego. Para que se me entienda, Buyo era bueno, pero no tenía ese saber estar. Arconada era elegante sacando de puerta, dirigiendo la defensa, o elevándose ante los rivales para despejar de puños un córner cerrado

A mi no me salía esto. Durante mucho tiempo. Nunca olvidaré aquel otro penalty que me colaron, que salió raso junto al palo hasta la grada porque la red estaba rota, y que disimulé de tal modo que el árbitro y varios de mis compañeros (no el rival) creyeron que salió fuera. Acabamos a golpes y yo manteniendo el engaño. Así era yo en el campo. Hasta que leí el libro dichoso y todo cambió.

Leí la "Ética a Nicómaco" por curiosidad y por admiración a mi amigo. Lo terminé un sábado por la tarde. Al día siguiente nos enfrentábamos al Tobarra C.F. A mitad de partido, el balón vino suave a mí. El delantero corría como un loco incluso sabiendo que esa bola era mía. Cuando la cogí, todavía llegó el tipo como un tren y metió el pie con la peor intención. Caimos los dos. Con el balón en una mano, me levanté como un resorte, alcé mi puño para sacudirle y de repente, oí que el muchacho, mirándome asustado desde el suelo, emitía una serie de extraños gritos guturales. Era sordomudo. Bajé mi brazo pensando en Aristóteles, en que entre la cobardía y la temeridad hay un justo medio y que ese era el lugar donde yo querría estar en adelante, aunque sólo fuera por ser como Arconada.



Cuestión de principios

Yo solía ir mucho a casa de don Luis, el médico de cabecera, no porque enfermara a menudo sino porque en esa época me mandaban normalmente a por recetas para mis padres o abuelos; este era el clásico recado tedioso porque suponía pasar mucho rato con poca productividad. Don Luis, en su sala de espera, tenía un montón de revistas para amenizar aquellas tardes de mucha demanda y poca oferta médica en mi pueblo. Las revistas no eran “del corazón” precisamente sino que reflejaban el estado espiritual del entrañable galeno: todas eran “Mundo Cristiano”, “Misioneros combonianos”, o similares. Ahí me inspiraba yo para sacar con nota los exámenes de religión.
Como era muy curioso, y me leía todo lo que caía en las manos, pues bienvenida era la doctrina cristiana. Y como bien dice algún sector de la misma, el sacrificio suele acercarte a Dios. Pues eso fue exactamente lo que me sucedió.
Así fue que un día estaba yo, penitente, leyendo un “Mundo Cristiano”, y de repente apareció Él. Una entrevista, escrita por Paco García Caridad -hoy afamado periodista-, católica, apostólica y romana. De valores. Preguntas y respuestas sinceras y de orden, donde se retrata el personaje tanto como el medio. Con confesiones serías, personales.
Desde la visión de los doce años (en 1980, aún tan inocentes), aquello era una seria declaración de valores humanos y más allá, humanísticos. Era la primera vez que leía una entrevista con Arconada, y me pareció espléndida. Para mí, era un personaje más gráfico que otra cosa, de camisetas preciosas, de fotos pegadas en mi armario con palomitas extraordinarias. Pero de texto, nada.
En un recuadro de la entrevista, un titular: AMISTAD, PORRUSALDA Y FAMILIA. Los tres pilares de la vida. Ahí, en el “Mundo Cristiano”, y a esa temprana edad, comprendí yo lo que realmente merecía la pena en este valle de lágrimas. Libertad, igualdad, fraternidad… ¿qué es esa cursilería? Estos sí eran principios. Y bien explicados que estaban.
La familia, lo entendía bien. En mi casa estaba muy asumido ese principio vital. Éramos un grupo muy unido y nos queríamos muchísimo, mis padres, mis hermanos. Aún es así. Ese lo tenía clavado.
Respecto de los amigos, fue por entonces que aprendí la diferencia entre los auténticos y los que no lo eran. A partir de ahí, ya comencé a aplicar un esquema selectivo que todavía hoy me dura. De hecho, me quedan muy pocos, pero los que son, están desde hace muchísimos años. Estoy muy orgulloso de ello. Ese principio lo tenía.
Y en cuanto a la porrusalda, cuando aquella tarde regresé con la receta de Muface a mi casa (y con la mala conciencia: arrancar y robar una página de una revista así debía ser más pecado que de costumbre), me planté ante mi madre pidiéndole el sagrado guiso. Ella me miró muy extrañada porque ese plato no había sido precisamente mi debilidad -de la variante con bacalao, que en la edad adulta creí entender que es a lo que se refería Arconada, ni mencionarlo sin arcadas-. Y nadie sabe la cantidad de puerro con patata y zanahoria que he podido comer hasta la fecha actual.
Era una cuestión de principios.

Buscando encontré

Yo seguía el Estudio Estadio desde los tiempos de Juan Manuel Gozalo, los lunes. Eso era antes de jugar al fútbol, pero ya me apasionaba el ritmo, los colores de las camisetas, la melena y los bigotes de los jugadores (eran los tatuajes de ahora), o los inverosímiles y pomposos nombres de árbitro (Alvárez Margüenda, Soriano Aladrén). Había un chiste gráfico antes de cada resumen, era la era predigital, donde todo se hacía a mano y en nuestras cabezas todo también era más naif. Mi vida en aquel tiempo era un largo río tranquilo, feliz en mi casa del pueblo, con mis amigos cerca, las chicas que me gustaban, buenas notas en el Instituto, y unos padres pendientes de mí cada día del año.

Cuando en el 83 comencé a ponerme de portero, tuve una idea de una fascinante construcción lógica. Si, mirando el Estudio Estadio, me fijaba mucho en los goles que le metían a Arconada, los memorizaba y en los entrenamientos era capaz de visualizarlos, sería imposible tropezar sobre esa misma piedra en el partido del domingo. Era un ejercicio de excelencia que comencé a desarrollar con malos resultados (el primer año en el "Ábrego C.F." los recibí de cinco en cinco, y sólo ganamos a la Peña de Athletic de Bilbao) pero con constancia y entrega me llevó al equipo de juveniles de mi pueblo en año y pico. Así que cada domingo (porque el programa pasó a los domingos) me sentaba y no me movía del sillón de la salita de estar hasta que salía el resumen de la Real Sociedad. Porque en aquel entonces, si te lo perdías, simplemente no lo veías más. Y cada gol perdido era un gol que me podían meter al siguiente domingo.

Hasta aquel primer partido de Liga del 85, un 31 de Agosto en Atocha. "El País" dijo "Arconada paró el sábado el disparo de un delantero céltico y, al ir a revolverse para despejar de puño a fin de evitar un posterior remate, sintió el dolor en la rodilla" (ya no se escribe así). Yo sólo ví que al iniciarse el resumen de la segunda parte del partido, mi ídolo, vestido de azul, cayó sobre la hierba y no se levantó. Su ligamento se rompió y yo me quedé sin profesor a distancia de los goles que no habría de recibir.

Aquella noche, cuando acabó el Estudio Estadio, me quedé pensando en que desde ese momento, y para toda la temporada, habría de valerme por mí mismo. Fue la primera vez que tuve que asomarme al abismo a ver lo alto que era y comprendí que buscando la perfección puede uno encontrar el fracaso. Pasó un tiempo y me acostumbré a ello. No busqué sustitutos. Jugué como lo habría hecho él, pero fui yo mismo -es más, una vez hasta me puse un pantalón blanco-.
Meses después marché a Madrid, la gran ciudad, tan inhóspita, para iniciar mis estudios universitarios. Él volvió a los terrenos de juego y yo me dispuse a comenzar una nueva vida a partir de la cual ya no habría referencias. Pero en la que siempre estuvo presente aquella noche donde me convencí de que ya era tiempo de saltar sin red.



Catálogo de frustraciones


Yo debía tener 16 años cuando tuve un sueño que me acomapaña desde entonces. Se trata de un sueño casi infantil, pero de gran significado: muchas veces pienso en él, ha venido a visitarme en mi existencia posterior. Lo recuerdo nítido, con olores y texturas, con voces y gestos.
Por fín había llegado a jugar en un equipo de Primera división. No debía ser uno de los grandes, ni un partido internacional. El vestuario era muy pobre, con unos bancos de hierro oxidado y un tablero encima, donde a duras penas cabíamos todos los miembros del equipo, apretujados mientras nos poníamos la equipación. A juzgar por las medias, debía ser el Osasuna de Pamplona. Salvo que el entrenador, quien vociferaba haciendo retumbar el suelo de terrazo, era José María Maguregui, que nunca entrenó a Osasuna.


Recuerdo haberlo contado en el Instituto a alguno de mis mejores amigos, y no se entendía que soñase con Maguregui a los 16 años. No sólo porque a esa edad se suele soñar con chicas (era lo común). Es que este entrenador era el prototipo de mister cutre, vasco pero carpetovetónico, como Benítez del Málaga, Joanet del Castellón o Vidal del Cádiz más recientemente. Al final de su recorrido entrenó al Atlético de Madrid pero eso fue años después (y una locura más de Jesús Gil). Tuve algunos de esos en mi carrera real: taxistas puteros metidos a técnicos, empleados de gasolinera haciendo preparaciones físicas demenciales...


Maguregui nos gritaba para animarnos y yo buscaba mis medias blancas aturdido por la responsabilidad de jugar en Primera. Pero no las encontraba. Sólo estaban las rojas con vuelta azul oscuro, de un tejido reseco y blanquecino a fuerza de lavarse con jabón Lagarto. Pasaban los minutos y yo sin poder acabar de vestirme, porque yo no sabía jugar con otras medias que no fueran las de Arconada. Era un sueño y en los sueños no se transige. Y al final, me quedo en ese vestuario descalzo, solo, deshecho por haber perdido una oportunidad así, sin debutar en la máxima categoría por culpa de unas olvidadas medias blancas.


El sueño dura demasiados años en mi cabeza. Pero no es ni una casualidad ni una mera obsesión. En la vida hay un catálogo de frustraciones que va engordando con el tiempo. Mieles que se quedan en los labios. Ilusiones rotas sin saber muy bien por qué. Uno es como es. Y es tan mía la capacidad de ilusionarme con los eventos de la vida como la necesidad de ponerme aquellos calcetines. Así, cada vez que llega un desengaño, cuando ya en frío me acuesto y cierro los ojos, pienso que uno de estos días, en el fondo de la bolsa o tiradas junto al botiquín, aparecerán las dichosas medias y terminaré saltando al césped del Sadar, animado por aquel entrenador que, en fondo, debía ser una entrañable muy buena persona.