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Tropezar en la derrota

Tengo mucho respeto por los porteros perdedores. Sobre todo, porque mi experiencia es enorme en ese terreno. El futbol te da, fundamentalmente, muchos disgustos. Nos pasamos las temporadas maldiciendo la mala suerte de nuestro equipo (suele ser debilidad, ojala fuésemos capaces de reconocerlo más a menudo). Y de vez en cuando, muy raramente, cae una alegría camuflada en empate a dos con tanda de penaltis, pase a octavos bajo la euforia, cerveza en el vestuario y sonrisas en las duchas.

Pero se pierde mucho mas que se gana. Aun así, jugamos y perdemos, y volvemos a jugar días después, esperando que esta vez sea la buena. Creemos tropezar en la derrota, incluso cuando se ha convertido en un hábito indeseable.

Cuando llevas seis goles encajados, y luego otro y otro, ves venir al rival hacia tu puerta y no te fallan las piernas, sino la emoción. Ya estás pensando en el próximo partido, solamente deseas cerrar este porque aquí no hay nada más que perder. Ya todo está perdido. Pero esos hijos de perra no aflojan, tienen cuatro ex jugadores de 2°B diez años más jóvenes que tú, que deberían experimentar algo similar a la piedad, pero que siguen corriendo como balas, siguen robando otro balón, siguen celebrando el noveno gol como si fuera el primero.

Pierdes la cuenta. Ni siquiera preguntas en el tristísimo vestuario por el resultado. Más tarde, en el repaso nocturno, te duele más el gol que te tragaste, ya harto de recoger balones de la red, que cualquiera de los otros nueve. Te duele incluso más que los hombros o la espalda. Es tu 1-0 particular. Y no te va a volver a pasar. Seguro que no. El próximo viernes será mejor, dicen que los de  Gunzwil no son tan buenos.

HISTORIA DE MIEDO


Cuando más nervioso me pongo es antes de vestirme de futbolista. Me gusta llegar pronto, ver el campo donde juego, tocar el césped, proyectarme. En ese rato imagino lo que va a pasar. Recuerdo un partido en casa contra el Juvenil del Real Madrid. Yo tendría 15 años. Iban llegando al campo unos tipos altísimos, algunos con barba de dos días. Daban miedo. Con mi 1,72, no paraba de pensar “hoy cada córner será una fiesta”.

Hace 35 años de aquello. Hoy juego en la liga de veteranos de Suiza interior, la "Innerschweizerisch Fussballverband". Cuantos más años, menos público en el campo. Y más miedo a hacerme daño. Mientras camino por la hierba y mido las improbables distancias adonde tendré que poner el balón en los saques de puerta, pienso en lo que soy, en el precio que pago por ser el único que se viste como quiere: yo soy portero, yo no tengo derecho al error. Yo hundo a mis compañeros en una salida mal medida o en unas manos blandas. El corazón me late miedoso y responsable. Yo nunca vi a Arconada tomarse a broma ni un solo partido. Ni uno.
Ya vale. Me voy solo a la caseta para echarme linimento en los gemelos. El olor a alcanfor me relaja y ya tengo una sola palabra en mi mente: bien. Pasarlo bien. Y hacerlo bien, me corrijo. Y repito: "ya vale".

Acaba el partido, hemos perdido en goles y ha ganado una hermosa tarde de futbol. Ya de noche, tras cenar con el equipo, vuelvo en coche a casa con Michael, mi amigo y compañero, un carrilero alemán de afición tardía. Conduzco pensando en mis estúpidos temores, en que nada justifica tanta responsabilidad. A estas alturas, por favor. 
Y de pronto, en tono confidente, Michael me mira y me pregunta:

“Ramón, ¿tú puedes dormir la noche antes de los partidos?”