Así que como, parafraseando a Larra, jugar en La Mancha con medias blancas era llorar, el asunto era ya un emblema de fidelidad a la causa. Me costó lo mío. Quien diga que Arconada "luchó" con la Federación Española para no ponerse las de la selección, no conoció a mi madre. O a la de él.
En Noviembre de 1986, creo que sufrí un complot. Viene mi madre y me dice que un compañero de su trabajo me invitaba al Estadio Vicente Calderón a ver el Atlético de Madrid- Real Sociedad. Si hubiera sabido que era un miembro reconocido del "Frente Atlético" (los ultras en aquel tiempo) no hubiera llevado la bandera txuri urdin. Casi me cuesta un disgusto gordo al final del partido, pero esa es otra historia. El caso es que allí estaba yo, muerto de frío, rodeado de ultras rojiblancos, aguardando la salida de mi ídolo.
Los héroes no saben, no pueden saberlo, cómo sus pequeños gestos provocan ilusión o desazones. Arconada llevaba su camiseta naranja y negra de Adidas, y por debajo, un indigno chándal azul marino hasta las botas ante cuya presencia guardé mi bandera bajo el asiento y esperé, paciente y aterido, el final de un encuentro que, naturalmente, perdimos.
A mi madre no le dije nada, pero intuyo que lo sabía.